un-solo-diaUn solo día al año

Con las manos aferradas al cuello del abrigo, Alicia caminaba con pasos cortos y ligeros intentando obviar la neblina que el vaho de su propia respiración dibujaba ante sus ojos. Caminaba con la cabeza gacha y solo la levantaba para saludar a otros trabajadores que la adelantaban y le deseaban los buenos días. Llevaba trabajando en el mercado municipal veinte años y, desde el primero, cada invierno se juraba a sí misma que ese iba a ser el último. Después llegaba la primavera, y con el paso  del verano, se  encontraba de nuevo inmersa en un otoño que le recordaba que ya no tenía tiempo de buscar otro empleo, de manera que seguía levantándose a las seis de la mañana para atender una parada de pescado de la que ni siquiera era propietaria. Con el paso de los años, había llegado a aceptar que iba a ser muy difícil abandonar aquel trabajo, pero había un día al año, un solo día, durante el cual Alicia recuperaba la esperanza de disponer del dinero necesario con el que dedicarse a buscar otro empleo que le permitiera levantarse junto a sus hijos, desayunar con ellos y acompañarles a la escuela. Y ese día, había llegado de nuevo.

Al final del callejón,  Alicia caminó sorteando las carretillas de los proveedores y las cajas que se apilaban a ambos lados de la calle. Atravesó aquella zona de descarga reconociendo una vez más el cúmulo de olores que impregnaban la entrada al mercado. Aspiró el aire frío y notó que, aquella mañana, el intenso olor del pescado que los operarios descargaban prevalecía sobre el aroma dulzón de las frutas y verduras apiladas en filas de cajas de madera. Volvió a esquivar cajas y carretillas hasta que llegó al pasillo que la llevaba al punto neurálgico del edificio; allí, alrededor de una plazoleta circular, se distribuían las paradas de pescado.

La mujer saludó a las otras pescaderas, entró en su parada, se cambió las botas que llevaba puestas por unas de goma, se colgó un delantal de plástico grueso en el cuello, lo ató a la  cintura y, después de colocarse los guantes de látex en las manos, se dispuso a distribuir el hielo picado a lo largo del mostrador. A pesar del frío, Alicia movía las manos con rapidez mirando de vez en cuando el reloj, el propietario de la parada aparecería en cualquier momento con el pescado fresco.

Cuando tuvo el pescado en la parada, Alicia distribuyó los bonitos, las merluzas, las pescadillas, el rape, los salmones y el resto de piezas a lo largo del mostrador y encendió las lámparas convirtiendo aquellos cuerpos inertes en deslumbrantes peces de colores anaranjados, grises, verdes y azulados. En uno de los extremos colocó los calamares, las sepias y el marisco repartidos en montículos sobre el hielo y añadió un toque de frescura colocando ramas de perejil en pequeños recipientes a lo largo de todo el mostrador. La mujer miró la parada, hizo un gesto de satisfacción, se colocó un delantal blanco encima del que llevaba puesto y, llamando la atención de las otras pescaderas, señaló con un dedo la radio. Las otras mujeres sonrieron y ella apretó el interruptor, subió el volumen y se dispuso a esperar la llegada de los primeros clientes mientras escuchaba la cantarilla de los alumnos del colegio de Sant Ildefonso.

—Este año nos tiene que tocar —murmuró, dibujando en su mente el número con el que cada  año jugaban todos los trabajadores del mercado. Muchos de ellos lo hacían con un décimo; otros, los más desconfiados, habían adquirido tan solo participaciones de diez euros, pero ella llevaba años comprando dos décimos; tenía que asegurar que si le tocaba, tendría suficiente dinero para abandonar, de una vez por todas, aquella parada de pescado.

Durante la mañana, Alicia se acercó infinidad de veces a la radio para comprobar decepcionada que el número que cantaban los niños eran premios menores. Escuchó con envidia que el segundo se había vendido íntegramente en Alicante y que el tercero había sido un número repartido por diferentes ciudades españolas. La salida del primer premio se estaba demorando de tal manera que había provocado una gran expectación en los medios de comunicación que lanzaban todo tipo de conjeturas sobre los futuros millonarios.

Alicia había empezado a recoger la parada cuando lo oyó:
— ¡Ya ha salido! —gritó, dejando sobre el hielo el pescado que tenía entre las manos. Se sacó los guantes y se acercó a escuchar la voz que salía de la radio. Subió el volumen y cerró los ojos intentando aislarse de las voces de las otras mujeres que habían acudido a su parada.
— ¡Mierda, mierda, mierda! —exclamó Alicia golpeando el suelo con el pie— ¡Ni un solo número! —Vociferó apagando de un manotazo la radio— ¡Ni uno solo!—añadió  mirando a las otras mujeres.
—Y qué esperabas —. Oyó que se burlaba una de ellas antes de marchar a su puesto de trabajo. Alicia no dijo nada, miró con cara de sorpresa como el resto de pescaderas entraban en sus respectivas paradas y continuaban recogiendo el pescado que había quedado sin vender. Algunas lo hacían con el semblante serio, pero la mayoría conversaban sin parecer muy contrariadas por la noticia.
— ¡Seré estúpida! — Murmuró colocándose de nuevo los guantes de látex—. Cada año lo mismo, no nos va a tocar nunca—se dijo cogiendo el pescado que había dejado encima del hielo.  Los metió dentro de una caja de plástico,  rellenó de mala gana los huecos con puñados de hielo y la apiló encima de las que tenía a sus pies. Miró el mostrador repleto de pescado y, con un bufido, se arremangó las mangas del jersey y continuó llenando cajas. Cuando vio venir al propietario, Alícia ni siquiera sonrió.
— Ha sobrado mucho pescado —comentó el hombre cargando las cajas en una carretilla.
—Sí —contestó ella con brusquedad —. Hoy la gente se ha quedado en casa.
—Ya —contestó el hombre frunciendo el ceño ante el repentino mal humor de Alicia—. Tranquila, no pasa nada, seguramente se venderá todo mañana —añadió sacando la carretilla de la parada.
—Supongo —respondió Alicia secándose con disimulo las lágrimas que se empeñaban en salir de sus ojos.