Detalles de vida cotidiana

El señor amarillo

Esta mañana he vuelto a sumergirme en la laboriosa tarea de atravesar las obras de la carretera que me conduce al trabajo y lo he hecho, un día más, con el consuelo de pensar que pronto ese mismo asfalto permitirá que llegue a mi destino de forma rápida y segura, pero hoy ha sido diferente; por primera vez, el viaje se ha convertido en un espacio de humor y reflexión ante el hallazgo del hombre amarillo. Cuál no ha sido mi sorpresa cuando, al acercarme al operario de turno, he descubierto que no era uno de los hombres que ya empiezan a resultarme familiares, sino que era un muñeco vestido, también de color amarillo, que agitaba con un ritmo inalterable una pequeña bandera. Durante semanas me había preguntado si los operarios se turnaban para realizar los diferentes trabajos de la obra, entre los cuales está precisamente ese monótono y tedioso movimiento de brazo alzando una bandera; ahora mi pregunta es otra: ¿Quién habrá tenido la genial idea de construir ese muñeco? ¿Lo habrán hecho los mismos operarios para descansar de esa aburridísima función o lo han construido los propietarios de la empresa para liberar de forma definitiva a un operario de ese penoso trabajo y, en consecuencia, también de su salario? No sé si algún día sabré la respuesta, estoy tentada a pararme para preguntárselo a los operarios, pero temo que su respuesta me confirme la segunda hipótesis, así que seguiré elucubrando las posibilidades y esperaré a ver dónde lo encuentro mañana. Será divertido buscar, encontrar y saludar al señor amarillo, aunque sea solo con el pensamiento, como ya saludo a algunos de los otros hombres, los de carne y hueso, con los que me cruzo cada día.


Steve Jobs

El desayuno de esta mañana y el resto del día han quedado marcados por la noticia de la muerte de Steve Jobs, creador, entre otros geniales artilugios, de mi querido iPhone. Parecerá una frivolidad e incluso una pedantería que hable de esta manera de mi «teléfono inteligente»; descubrí que se llamaba así el mismo día que lo compré, y lo compré con una excelente oferta que me permitía tener acceso permanente a Internet y mantenerme conectada con mi familia y mis amigos durante la jornada laboral. Esta mañana, cuando he oído la noticia de la muerte de su creador, lo he tomado entre las manos y he sentido una fuerte emoción. Steve Jobs, ese hombre tenaz, decidido, emprendedor, capaz de superar las más grandes adversidades en la vida estaba presente entre el iPhone y mis dedos, y lo estaba a modo de agradecimiento, por ese diseño tan especial de sus creaciones, por permitirme estar en contacto con los míos, pero sobre todo por su manera de ser y de vivir la vida. Sé que estrechaba también un montón de millones de dólares, pero en ese momento, ante el recuerdo de su persona, todo lo demás se diluía a través de mis dedos.