Desconcierto

desconcierto

Levanté la vista del libro y vi que estábamos en Universidad. Qué extraño, pensé, cómo hemos podido avanzar tan solo cinco paradas en tanto rato. Miré a mí alrededor y vi que las personas del vagón no mostraban ningún signo de irritabilidad. Los que leían continuaban abstraídos en la lectura, el joven que se sentaba a mi lado enviaba un mensaje con el móvil con una sonrisa en los labios y las dos mujeres que tenía enfrente, y que no recordaba haber visto antes, conversaban tranquilamente sin parecer que les preocupara en absoluto la lentitud del metro. Ante tal evidencia, pensé que la percepción del tiempo me había pasado una mala jugada de manera que volví a las páginas del Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Recuerdo que acababa de leer la escena en que el matrimonio acude al lavabo y tropieza con todo tipo de elementos sospechosamente blandos y pegajosos, así que con cierto reparo me engullí de nuevo en la interesante trama de la novela.

El murmullo del resto de viajeros era relativamente bajo para lo que era habitual a esas horas de la mañana, por lo tanto volví a penetrar en el interior de aquel edificio donde se confinaban centenares de personas aquejadas por una extraña epidemia de ceguera, hasta que sonó la primera nota de un acordeón. Cerré de golpe el libro y, girando la mirada hacia la ventanilla,  descubrí el enojo en mi rostro. Ver mi propia cara reflejada en el cristal hizo que me quedara ensimismada mirando a través de la ventana hasta  que el vagón entró en la estación. El metro no había recorrido ni la mitad del andén cuando noté que el corazón me oprimía el pecho. No era posible, llevaba por lo menos una hora viajando y estaba tan solo a una parada de mi casa. Giré la cabeza y le pregunté  al joven del teléfono qué era lo que estaba pasando
— ¿A qué se refiere? —contestó.
—Estamos  en Marina.
—Sí —respondió de mala gana — ¿Y qué tiene eso de particular?
—Pues que tendríamos que estar en la otra punta de Barcelona.
—Lo siento, pero no sé a qué se refiere — dijo buscando la mirada del resto de pasajeros.
—Pues eso, que el tren va en dirección contraria. Hace un rato estábamos en  Universidad y ahora volvemos a estar en Marina.
—Lo siento pero no puedo ayudarle —dijo levantándose—, me bajo en la próxima parada.
Le seguí con la mirada, pero no me atreví a decir nada. Miré a mi alrededor y vi cómo la gente desviaba la mirada. Respiré hondo para compensar el ritmo acelerado del corazón  y esperé que el metro llegara a la siguiente estación sin dejar de apretar el Ensayo sobre  la ceguera contra mi pecho. Cuando el vagón entró en la estación, ni siquiera tuve que leer el rótulo enganchado en la pared, esa era mi parada, la de mi casa, la misma que había utilizado para coger el metro una hora antes.

Bajé del vagón notando que el vacío que había empezado en la cabeza bajaba de golpe a mi estómago, pensé que iba a vomitar allí mismo. Me senté en un banco, apoyé la cabeza contra la pared, desabroché los primeros botones de la chaqueta y volví a respirar hondo. Tiene que haber una explicación, me dije. Miré a mi alrededor y volví a comprobar que las personas que esperaban en el andén lo hacían sin mostrar ninguna tipo de inquietud en la expresión de sus caras. Estuve tentada de salir corriendo en busca de algún empleado y explicarle lo que me había sucedido, pero no lo hice. Me quedé sentada en el banco y dejé pasar por lo menos una decena de metros hasta que me aseguré de que ninguno de ellos circulaba en dirección contraria. Cuando llegó el siguiente, casi diría que fue en un impulso, entré en el vagón en el momento que sonaba el timbre de seguridad. Casi me atrapan las puertas al cerrarse.

Ni siquiera me senté, guardé el libro de Saramago en el bolso, arrimé tanto como pude mi cuerpo a la puerta y aplasté la mejilla contra el cristal. El cartel de la siguiente estación indicaba que estábamos en Marina, después Arco de Triunfo y así de forma sucesiva hasta llegar a Catalunya y Universidad. Noté que volvía a respirar sin dificultad a medida que las estaciones se sucedían de la forma habitual; entonces me senté. Pensé retomar la lectura del libro, pero no me atreví.

A medida que el metro avanzaba hacia la última estación, vi como el vagón iba quedando vacío, la mayoría de viajeros se apeaban en las estaciones cercanas al final y cada vez subían menos personas. Cuando faltaban dos paradas para el final del trayecto pensé que me había quedado sola hasta que descubrí que en el fondo del vagón viajaba otra mujer. Esperé a que el vagón llegara a la última estación, me levanté con la intención de apearme y vi que la mujer no se movía. Me acerqué y pude ver que estaba leyendo. Le di un golpecito en el hombro.
—¿Dónde estamos? —Exclamó mirando el vagón vacío—. ¿En qué estación estoy? —repitió intentando encontrar el nombre de la parada.
—En Hospital de Bellvitge —dije—, al final del trayecto.
—Vaya, me he pasado de parada, madre mía qué desastre. Es que estaba tan interesante —, dijo señalando su libro —. Bueno, pues ya me quedo y que el tren me lleve de vuelta. Gracias por avisarme, si no, no hubiera entendido nada.
—De nada, gracias a Usted —respondí oyendo el timbre de seguridad.
—A mí, ¿Por qué?
—Nada, no se preocupe —grité abandonando el vagón—, son cosas mías. Que tenga un buen día — añadí con una sonrisa, en el momento que las puertas del vagón se cerraban.
—Igualmente —oí que decía la mujer a través del cristal sin abandonar la expresión de asombro en su  cara.